¿Cuántos años tienes?

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Lic. Juan Campaña Miranda 25-07-2020

En cierta ocasión alguien preguntó a Galileo Galilei: ¿Cuántos años tiene el señor?, 8 a 10 respondió Galileo en evidente contradicción con su barba blanca. Todos se miraron como asombrados por la edad que había dicho que tenía, pero él al darse cuenta les explicó:

 “Tengo en efecto queridos amigos los años que me quedan de vida, los vividos ya no los tengo como no se tiene las monedas que se han gastado”.

“Es asombrosa esta respuesta de Galileo. En realidad es la pregunta que nos hacemos siempre. ¿Cuántos años tienes? Pero que me respondas como Galileo, no los que has vivido, porque esos los has gastado como el dinero que pasó por tu bolsillo.

Por ejemplo, El 1º de Enero recibes 365 soles para gastar un sol diario. El 1º de Diciembre te preguntan cuánto dinero tienes, tú dirás 30 soles, que es lo que te queda.

¿Cuántos años tienes? ¿Cuántos crees que tienes por vivir? ¿Cuánto de tu vida activa? ¿Cuánto de tu vida pasiva? ¿Cuánto de tu sexo pleno? ¿Cuántos te quedan? ¿Cuántos crees que tengo? Hay diferentes respuestas, pero lo mejor es verlo desde el punto de vista de la Gerontología.

Diferentes Conceptos De EdadPero las poblaciones no envejecen. No tienen edad. Durante el último siglo se ha demostrado que la “decadencia” predicha era una falacia. La trampa conceptual implícita en la denominación “envejecimiento demográfico” es una herencia de la que no nos hemos desprendido aún y que sigue ejerciendo su influencia. Es importante empezar con esta aclaración porque la población de España está experimentando dicha transformación con una intensidad y rapidez sin precedentes.

En España crece la proporción de personas mayores de 64 años. Entre 1975 y 2010 ha pasado del 10 al 17 por ciento, y seguirá aumentando en las próximas décadas. Las pirámides poblacionales correspondientes a estos años no pueden ser más distintas.

En la pirámide de 1975, la Guerra Civil se hacía notar por la escasez numérica en torno a la franja comprendida entre los 25 y los 30 años de edad (lo mismo ocurría en Europa con la Segunda Guerra Mundial). Pero, a diferencia de otros países, España no recuperó la natalidad con el fin de la guerra. La dictadura y su aislamiento internacional se tradujeron en dos décadas de miseria y pocos nacimientos, pese al natalismo estatal. Llegó luego el baby boom. Los nacimientos batieron récord antes de iniciar un acusado descenso a partir de 1975; la base de la pirámide de ese año presenta una amplitud notable.

La pirámide de 2010 reflejó, en cambio, un acusado descenso de la natalidad, prolongado durante 20 años. Sobresalen las edades adultas centrales (generaciones del baby boom), que además se han visto engrosadas con un flujo extraordinario de inmigrantes, sin precedentes en un país tradicionalmente emigratorio. Si bien la comparación de esas dos pirámides puede inducir a pensar que el envejecimiento demográfico corresponde a un cambio de los últimos 30 años, ello no es así: nunca a lo largo del siglo XX dejó de aumentar la proporción de mayores, ni siquiera durante el baby boom.

Es cierto que el proceso se aceleró mucho después, durante el baby bust (caída de la natalidad) de final del siglo, pero las fluctuaciones de la natalidad no deben hacernos perder de vista el auténtico motor del cambio, que es el constante aumento de la supervivencia generacional. Sólo en el último decenio se ha producido por primera vez una inversión de la tendencia; la proporción de mayores ha llegado a disminuir ligeramente. Se trata de un espejismo provocado por la elevadísima inmigración de jóvenes, acompañada de cierto repunte de la natalidad y la jubilación de las generaciones de escaso tamaño nacidas durante la Guerra Civil.

El espejismo, no obstante, se disipa rápidamente. Aunque la reciente crisis económica ha frenado la inmigración y está retrasando las uniones conyugales y la natalidad, pronto empezarán a jubilarse las generaciones nacidas en los años cincuenta y sesenta. Ello conllevará un crecimiento notable del peso de los mayores sobre el conjunto, que superará el 20 por ciento probablemente antes de los próximos quince años. No se trata de una tendencia coyuntural y pasajera, ni es una rareza. Lo mismo ocurre en casi todos los países desarrollados. Las principales diferencias deben buscarse en el momento histórico en que se inició el proceso y el punto en que se encuentra actualmente.

El paradigma de inicio temprano y proceso gradual se halla en Francia, cuya mortalidad y fecundidad empezaron a descender de forma muy precoz. Ya en 1860 su población mayor había alcanzado un peso del siete por ciento (España no lo consiguió hasta 1950) y ha tardado 120 años en elevarlo hasta el catorce por ciento (en España ha ocurrido en apenas tres décadas).

Se ha difundido la creencia de que España es uno de los países más envejecidos de Europa y del mundo. Sin embargo, esta idea, construida a finales de los años noventa, cuando más acelerado era el ritmo de envejecimiento demográfico, es falsa. Si las proyecciones de población prolongaban indefinidamente las tendencias del momento, acababan en efecto con una España que batía récord de población mayor en un horizonte de medio siglo. Pero las proyecciones de tendencias son simples herramientas exploratorias, no predicciones. Es bien conocido por los demógrafos que las tendencias se comportan de forma cíclica, no lineal. En la actualidad, el peso de los mayores en España es muy similar al del conjunto europeo e inferior al que ya alcanza en países de gran peso como Alemania o Italia. El extraordinario descenso de la natalidad iniciado en 1975 tocó fondo a mediados de los noventa, para invertirse después durante más de un decenio.

En definitiva, España es tardía, pero rápida. De “segunda oleada”, como Japón o Polonia, pero muy adelantada respecto a los que se incorporaron a este proceso sólo a partir de la segunda mitad del siglo XX. Algunos ni siquiera han llegado todavía al siete por ciento, aunque evolucionen en esa dirección. Se trata de países de América, Asia y, sobre todo, África, en donde este retraso coincide con un desarrollo económico y social tardío y escaso.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define edad como el tiempo que ha vivido una persona o ciertos animales o vegetales o cada uno de los periodos en los que se encuentra dividida la vida humana.

Pero podemos hablar de otros conceptos diferentes de edad como vamos a ver a continuación.

Edad Cronológica

Es la que se conoce como la edad que se determina por la fecha de nacimiento.

 

Edad Psicológica

Es la determinada por los rasgos psicológicos de cada grupo de edad. Sin duda alguna, este concepto de edad es uno de los más importantes, puesto que una persona es mayor si se siente mayor. Cada edad tiene su rasgo psicológico determinado por lo que sería un grave error pretender que una persona de 80 años pensara como una de 40 o esta como una de 20. Lo que sí resultaría acertado y posible sería la eliminación de los rasgos psicológicos negativos que no deben asociarse a la edad. 

Edad Biológica

Es la edad en relación con el grado de envejecimiento. No existe en la actualidad ninguna prueba capaz de determinar la edad biológica de una persona. Pero es evidente que unas personas envejecen con más rapidez que otras. Esta edad es quizás la que más se acerca a la verdadera edad de la persona. 

Edad Social

Es la edad marcada por circunstancias económicas, laborales y familiares. De este modo, la jubilación marca una edad social por pertenencia a un grupo social con importantes cambios en diferentes aspectos (laboral, económico y de recursos)

La existencia de una correlación entre estas cuatro edades es lo habi­tual. ¿Cuál de ellas es la más impor­tante? Las personas mayores, cuan­do se les pregunta por ellas y por su relevancia, sitúan a la edad cronológica como la menos impor­tante.

Lo fundamental no es tener 85 años, sino sentirse de acuerdo con su edad, con su salud, con su rol so­cial. Al conjunto de las edades bioló­gica, psicológica y social se le cono­ce con el nombre de edad funcionales decir, edades en que la persona es capaz de realizar una vida autó­noma (mantiene su capacidad de decisión) e independiente (no nece­sita de una persona para realizar las actividades básicas, de relación y sociales de la vida diaria).

En el mo­mento actual cabe la opción de in­fluir de forma positiva o negativa en esta suma de edades. La excepción se encuentra en la edad cronológica, la única que no podemos modificar.

Otros tipos de edad que también se utilizan para discutir el proceso de envejecimiento son los siguientes: edad legal que define edad en términos de reglas gubernamentales y establece un mandato de quién se considera niño, adulto y Adulto mayor. Por ejemplo, la definición legal de quién se considera una persona mayor es de 65 años para hombres y 62 años para mujeres. Por otra parte, edad fenomenológica se refiere a la autopercepción que posee el individuo sobre su propio proceso de envejecimiento. Por ejemplo, un individuo que se siente joven a pesar de su edad cronológica de 70 años o viceversa.

Al tener claro los tipos de edad mencionados, que ayudan a explicar el proceso de envejecimiento, se hace evidente que no existe una definición universal para explicar la etapa de vejez. Esta es una interrelación entre los cambios inevitables del cuerpo que se degenera comenzando desde el nacimiento.

Rita Levi Montalcini (1909-2012) premio Nobel de medicina 1986 decía en una entrevista cuando tenía 100 años, “Es ridículo obsesionarse por el envejecimiento. Mire, mi cerebro es ahora mejor que cuando era joven. Es verdad que veo mal y oigo peor, pero mi cerebro ha funcionado siempre bien. Lo fundamental es tener activo el cerebro; intentar ayudar a los demás y mantener la curiosidad por el mundo”.

Por último, Viejo es quien no tiene sueños, objetivos o esperanza de vida. Adulto Mayor es quien tiene todo lo contrario, además de vida saludable y activo.

«Los años arrugan la piel, pero renunciar al entusiasmo arruga el alma» (Albert Schweitzer)

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