Envejecer en esta sociedad

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Por Angie Vásquez

Los cambios demográficos mundiales indican que el sector de mayor crecimiento poblacional es el envejeciente. En sociedades antiguas, ser viejo no era tan difícil como ahora, sino lo contrario. La modernidad trajo cambios que transformaron la percepción sobre la vejez, y con ello, la forma en que se viven los últimos años de vida.¡Qué complicado se ha hecho envejecer! 

La sociedad posmoderna industrial-corporativa privilegia el culto a la adolescencia y la juventud eterna, trastocando el valor de la adultez y la vejez. Las sociedades antiguas, en general, reconocían a los viejos como sabios, autoridad, experiencia y fuente de modelaje social. A los chicos y jóvenes se les enseñaba a respetarles e imitarles. Los viejos formaban el grupo de mayor poder social por mérito, experiencia y conocimiento.

Al presente, la construcción social sobre la creciente generación de envejecidos es confusa. Se han invertido los atributos positivos en negativos, percepción matizada por errores de omisión que no hacen justicia a su realidad de vida. Las representaciones sociales estallan en estereotipos de la persona de mayor edad como escollo, asociándoles con fealdad, enfermedad, manía, inutilidad, carga económica, locura, improductividad, asexualidad y hasta perdida de inteligencia. La realidad es distinta.

Aunque los envejecientes-abuelos siempre han sido un recurso sociocultural importante para la crianza de nietos, no se reconoce que hoy día asumen una carga mayor de responsabilidades. No solo ofrecen su tiempo y cuidados, sino también ayuda económica ante las graves situaciones socio-económicas de recesión, inflación y depresión sufridas en muchos países.

La incierta y cambiante situación económica ha alejado, o privado, a muchos envejecientes de ingresos libres de deuda. Rehipotecan propiedades, asumen gastos escolares, sus beneficios de pensiones de retiro disminuyen o desaparecen, les incrementan costos de medicinas y servicios médicos… Aquella idea capitalista de mediados del siglo XX que alimentaba la posibilidad de una vejez de descansos y paseos, o sea, una edad dorada en dinero y ociosidad, va desapareciendo.

Investigadores y planificadores sociales de muchos países enfrentan la incógnita de cómo manejar una población avejentada que no puede retirarse de sus trabajos asalariados. Necesitan un sueldo para ayudar sus familias enfrentando, simultáneamente, los efectos de enfermedades propias de la edad y otras congénitas cronometradas para la vejez.

Se observan dos marcadas tendencias, ninguna de las cuales aporta positivamente hacia una vejez calmada, justa o saludable. De una parte, la cantidad de personas mayores abandonadas por sus propias familias es sorprendente. En aislamiento, sufren escasez de alimentos, medicinas, compañía y atenciones. A este fenómeno se le conoce como el efecto del “edadismo” (Butler, 1969); esto es, la marginación que los hijos dan a los padres en función a la edad, o sea, asociada a ser viejos.

Al otro extremo, otro grupo de personas mayores vive sobrecargado de trabajo cuidando hijos adultos, con o sin impedimentos, que no pueden, o no quieren, irse del hogar (los “twixters”) o están ajorados sustituyendo a sus hijos en tareas parentales: llevando y trayendo nietos a la escuela, atendiendo asignaciones, proveyendo comida y juegos, supervisando y ocupándose de visitas médicas. Bajo la premisa de estar “desocupados” se asume que tienen el tiempo, la energía o, más difícil aún, el deber de cuidar y criar.

Los estereotipos llegan al extremo de describirles como personas sin deseos sexuales u otras necesidades emocionales. Si enviuda, difícil será rehacer su vida emocional con una nueva pareja. Se asume que les sobra dinero porque trabajaron toda su vida. Si trabajan todavía no lo hacen bien porque tienen enfermedades de memoria. Si no trabajan, no tienen nada que hacer. Vaya con los estereotipos.

Aquella idea romántica de una vejez del retiro pensionado, libre y relajada, para disfrutar lo que no pudo siendo joven, desaparece. Los días calendario no tienen lunas románticas y las noches corren en desvelos de preocupaciones sobre cómo sobrevivir el próximo día.

La política pública de los gobiernos no logra afinar planes de apoyo real a las nuevas condiciones de las cabecitas de algodón, pero la realidad no puede ser ignorada. La sociedad tiene que ser reestructurada, y con ello la vejez, para apoyar sus potencialidades, no sus limitaciones, devolviendo con agradecimiento real un poco de dignidad a quienes tanto hicieron en sus tiempos pasados y siguen haciendo en el presente.

Fuente: elnuevodia.com

https://www.elnuevodia.com/opinion/columnas/envejecerenestasociedad-columna-2485679/

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