La vejez como pregunta para el futuro

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La perspectiva de desarrollo, así como los modelos económico-políticos que marchan detrás de nuestra vida cotidiana, marcan no solo el rumbo del país en sentido abstracto, sino que determinan nuestra percepción del mundo y, por tanto, constituyen los puntos de partida de nuestra conducta. Hemos sido educados bajo ciertas perspectivas, nos hemos desenvuelto con estrategias específicas de sobrevivencia, bajo ideas como el emplazamiento laboral, la adquisición de bienes y el acceso al consumo de productos.

Esta relación entre la cultura y los principios de base económico-política con nuestras vidas constituye uno de los predicamentos más importantes y urgentes con respecto a la situación de la vejez en México.

Entre 2015 y 2030 se espera un aumento sustancial del número de adultos mayores a nivel mundial, y con ello también los abusos de los cuales es víctima esta población.

Debemos considerar primeramente las raíces de esta violencia contra la vejez, basada en el abuso de la confianza y manifestada a nivel físico, emocional, etcétera. La vulnerabilidad de esta etapa del tiempo vital debe ser repensada al nivel de nuestra perspectiva de la realidad humana, porque es eso, un problema humanitario no estadístico.

En definitiva, hay un serio desafío con respecto a la población de edad avanzada en nuestro país. La pregunta por la calidad de vida debe pasar necesariamente por aquella, que indague y busque la comprensión de la condición humana.

Antes que nada, el modo de ser del adulto mayor es un modo de ser humano, es una realidad que nos atañe como humanidad. A efecto de pensar un ideal máximo, excelencia y principio supremo de entre las maneras del llamado bien vivir que connota el concepto de calidad, al menos en el entendimiento común de nuestra época, hay que detenernos a pensar las condiciones que determinan tal cosa a la que llamamos vida propiamente humana.

En la idea de calidad de vida, el aseguramiento de bienes funge un papel primordial. Del mismo modo, la fuerza y jovialidad es preponderante: la adquisición de recursos para intercambiar por bienes y servicios es directamente proporcional a la capacidad de energía susceptible de ser aportada. No existe inversión en esta relación, excepto cuando se logra entrar en el escenario de las grandes apropiaciones del mercado –tarea sumamente hermética–.

Por tanto, lejos de ser un problema de manual de bioética, encontramos que es uno que atañe a las condiciones laborales de las juventudes, a la educación, a la discusión y el discernimiento de la ciencia en nuestro tiempo y su diálogo con las perspectivas de gobierno a nivel nacional y mundial.

Visto de ese modo, es fácil imaginar los contextos tanto de prosperidad en la vejez como de violencia.

¿Qué esperanza queda al humano en la vejez, si se ha quedado sin la moneda de sus fuerzas para intercambiar por estabilidad social? ¿Qué esperanza le queda en un país empobrecido por la ceguera lógica de sus estrategias?

Es imperante revisar este régimen paradigmático, pues ha pervivido desde hace ya muchas generaciones, de las cuales provienen incluso los viejos de hoy. En la actualidad, oleadas de mexicanos educados bajo la perspectiva de la primacía del momento de la jovialidad, del desfogue y el derrochamiento de las energías, sufren las consecuencias de construir una vida estrictamente para la juventud.

Es un momento de reajuste para las familias, así como para quienes se enfrentan a su propio tiempo. Quizá no fue una generación que pensó que viviría 85 años. Es momento de reformar el pensamiento.

Para superar la noción reductiva de la vejez que domina en la actualidad es urgente replantear nuestra concepción del modo de ser del sujeto propiamente humano, a efecto de entender las condiciones propias de nuestra historia real como organismos vivientes.

Fuente:Independiente de Hidalgo

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