Los sistemas de salud todavía no están preparados para el envejecimiento de la población

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Por francesca Colombo, Dirección de Empleo, Trabajo y Asuntos Sociales de la OCDE

Se sabe que la población del mundo está envejeciendo. A medida que las tasas de fecundidad se reducen y la esperanza de vida mejora, aumenta el porcentaje de la población de la tercera edad.
En 2050, en cerca de dos tercios de los países de la OCDE una de cada cuatro personas tendrá más de 65 años de edad. La proporción de los habitantes de más de 80 años de edad aumentará más del doble, de 4% en 2010 a 10% en 2050. En Japón, España y Alemania, esta tendencia será aún más pronunciada, pues se prevé que la proporción de personas mayores de 80 años se triplicará, al elevarse de 5% a 15% en España y Alemania, y de 6% a 16% en Japón. La rapidez del envejecimiento será aún más dramática en algunas economías emergentes. Por ejemplo, en China, en apenas 40 años, la esperanza de vida se incrementó de 40 a 70 años, algo que a Alemania le tomó 80 años conseguir.
Un cambio demográfico de esta naturaleza tiene un impacto en las sociedades y las economías. El tamaño de la fuerza laboral se reducirá y presionará a los gobiernos para que modifiquen sus mercados laborales, sus derechos de pensión y los umbrales de edad de jubilación, de modo que las personas mayores continúen siendo productivas y mantengan su empleo por más tiempo. En muchos países del G-20 ya se ha apreciado que las tasas de empleo de las personas mayores mejoraron en la década pasada. Elevar los niveles y competencias educativos ayudará a que un número mayor de personas trabajen por más tiempo, aunque las diferencias en cuanto a oportunidades durante la trayectoria de la vida activa individual afectarán su capacidad de permanecer aptos para el trabajo a medida que se envejece. La experiencia que las personas obtienen con la educación y el trabajo ayuda a elevar la productividad y a mantener el crecimiento de las economías conforme la población envejece. Sin embargo, en vista de la velocidad con que esto sucede, nuestros sistemas de salud son todavía demasiado lentos en poner en marcha reformas y siguen sin estar preparados para afrontar las consecuencias de las sociedades que envejecen.
El modelo de prestación de servicios de salud que prevalece ahora no se ha mantenido a la par de los cambios en las necesidades epidemiológicas y de salud de la población. Sigue haciéndose hincapié en construir nuevos hospitales, adquirir nuevos y costosos equipos y mejorar las estructuras de servicios intensivos. La gestión de los procesos de atención se centra en gran medida en necesidades de atención por episodio. Sin embargo, la población de edad avanzada requiere un enfoque distinto, que implique cambiar de la atención de urgencia o intensiva, episódica y centrada en los hospitales a la gestión de enfermedades crónicas, la continuidad en la prestación de servicios en diferentes instalaciones y con diferentes proveedores, así como al reforzamiento del papel de los profesionales de atención primaria como médicos generales.
La gestión de combinaciones complejas de tratamientos para enfermedades crónicas constituirá un gran desafío. En muchos países de la OCDE, más de la mitad de las personas mayores de 65 años de edad padecen más de una estas enfermedades y, a partir de los 75 años, muchas personas tendrán tres o más. Los sistemas de salud y asistencia social aún tienen dificultades para gestionar la diversidad y la singularidad de esta compleja combinación de enfermedades y necesidades de atención de manera eficaz, en cuanto a la manera de organizar equipos que la proporcionen, de identificar los parámetros de medición correctos o de dotar a los profesionales de la salud con las competencias que requieren para lidiar con la cambiante estructura de la población y con los perfiles epidemiológicos.
Un ejemplo sobresaliente de los problemas de los sistemas de salud para responder en forma adecuada a la creciente complejidad del envejecimiento de la población de edad avanzada es la demencia, la cual afecta a cada vez más personas en el mundo: en la actualidad se estima que la cifra es de 47 millones, pero se espera que hacia 2030 aumente a 76 millones. En la OCDE, España, Francia, Italia, Noruega, Suecia y Suiza, tienen la mayor tasa de prevalencia: se estima que de 6.3% a 6.5% de la población de 60 años de edad y más viven con demencia. Para quien sufre de este tipo de demencia, el panorama es bastante sombrío. Para empezar, hasta ahora esta condición no tiene cura ni hay un tratamiento para modificarla. Se han hecho varios ensayos clínicos y todos han fracasado rotundamente. Se tiene esperanza en que los procesos internacionales —iniciados en la Cumbre del G-7 en Londres en diciembre de 2013, continuados con las Reuniones del G-7 sobre Factores Hereditarios durante 2014 y concluidos con la Conferencia Ministerial de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la Acción Mundial contra la Demencia, con el apoyo del gobierno británico y la OCDE en Ginebra en marzo de 2015— rendirán algún fruto.
Pero, más allá de cambiar los incentivos para la inversión pública en investigación y alentar la inversión privada para encontrar una cura, la calidad de vida de las personas con demencia sigue siendo deficiente en la mayoría de los países. Esto puede modificarse al proporcionar capacitación a los médicos y cuidadores, y al dotarlos de mejores herramientas para evaluar las necesidades de estos pacientes; facilitar la mejora en la coordinación de la atención, sobre todo en los distintos servicios de salud y asistencia social, así como fomentar una concentración óptima en medir los resultados para las personas con demencia (como calidad de vida, seguridad de los servicios y de los productos médicos, la eficacia y la capacidad de respuesta), así como para las muchas familias y amistades que cuidan a las personas con este padecimiento. El trabajo de la OCDE ha señalado 10 aspectos básicos que marcarían una diferencia y que abarcan desde reducir al mínimo el riesgo de desarrollar demencia hasta aprovechar el potencial de la tecnología para apoyar a estas personas y ayudarlas a morir con dignidad.
Una de las causas por las que a los sistemas de salud se les dificulta abordar el envejecimiento de la población es la falta de comprensión y supervisión adecuadas de los procesos de cuidado utilizando la información con la que hoy contamos. En la era de los “macrodatos”, los sistemas de salud aún gestionan de manera ineficiente la enorme cantidad de datos administrativos, clínicos, poblacionales y biológicos que rutinariamente se generan a partir de los millones de contactos que las personas tienen con diferentes partes del sistema de salud. Con frecuencia, estos contactos no se registran o se registran en papel, sin normalizarse ni compartirse en todo el ámbito de atención de la salud. Para mejorar el cuidado proporcionado a los pacientes de la tercera edad con necesidades complejas de atención, es necesario que estos datos se registren y se vinculen de manera que aporten una imagen más detallada de la calidad de la atención brindada a los pacientes, en especial los afectados por enfermedades crónicas o múltiples enfermedades crónicas. Resolver los puntos débiles en la gobernanza de esta infraestructura de datos, incluso generando mejores mediciones de los resultados para supervisar la prestación del servicio y propiciando que los datos de salud personales se manejen con respeto a la privacidad, será una prioridad clave para el futuro.

Enlaces útiles Artículo original: Colombo, F. (2015), “Health systems are still not prepared for an ageing population”, OECD Insights blog, http://wp.me/p2v6oD23V.
WHO (2015), “WHO Health Ministerial Conference”, World Health Organization, Ginebra, www.who.int/en/.

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