“Me preocupa el poco interés por la vejez, porque esto es la señal de una sociedad que no se reconoce a sí misma”

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Hola Virginia, aparentemente parece que la vejez sólo les interesa a los viejos, ¿qué les dirías las personas que siguen con estos pensamientos?

Podríamos decir que sí, que la vejez no interesa a la sociedad de los países desarrollados en general. Parece un mal del siglo XXI, aunque tampoco deberíamos generalizar, porque hoy también hay muchas personas que dedican gran parte de su vida a los cuidados, atención y apoyo a los mayores. Cada vez vivimos más y más años, lo que no implica que tengamos que vivir mal y olvidados. Es un patrimonio humano que debemos cuidar.

A las personas a las que no les interesa la vejez les diría que si algo nos define como seres humanos es el amor y la empatía, sobre todo a las personas mayores, a nuestra historia. No hay nada más perjudicial que rechazar el propio proceso de la vida. Rechazar a los mayores es como rechazarnos a nosotros mismos. Nacemos, crecemos, envejecemos y morimos. Es un hecho. Por ley de vida todos pasaremos por eso. Entonces, me preocupa el poco interés por la vejez, porque esto es la señal de una sociedad que no se reconoce a sí misma, pero también me preocupan ellos, los mayores: su soledad, su memoria llena de tesoros, su fragilidad. Todo esto es el síntoma de una sociedad rota y, desde luego, de un estado que no cuida el bienestar colectivo.

¿Cómo fue tu interés por abordar aquello que la mayoría oculta? ¿Fue la relación con los y las mayores de tu familia lo que despertó esa inspiración?

Recuerdo que de niña siempre tenía colores en las manos. Trataba de darle color a todo papel que se acercaba. Comencé retratando a personas de mi alrededor que habían sido muy importantes para mí. Vengo de una familia muy unida y matriarcal, que siempre ha girado en torno a mi abuela María del Valle. A este hecho se suma que ella vivía temporadas largas en mi casa, por lo que crecí mirando, escuchando y admirando su fuerza.

Quedé marcada por su confianza, su amor y su capacidad para liberarse de los tabúes de su época. Después de varios años de verme pintar, ella llegó a confiar y a posar desnuda para mí. Fue un proceso largo, pero muy satisfactorio. Yo crecí personal y profesionalmente conforme ella se desnudaba (en todos los sentidos). De modo que fue mi relación con ella la que despertó esas inquietudes plásticas por las mujeres mayores y el desnudo. Fue el germen de todo.

Comencé investigando y traduciendo su piel a través del color, buscando contar su vida, su historia y sus cuidados. Luego empecé a pintar a amigas de la familia, todas mayores, amigas de amigas, y el gran giro llegó cuando mi madre comenzó a trabajar en una residencia de ancianos. Mi madre es también una influencia muy fuerte en mi trabajo; la recuerdo desde muy pequeña cuidando a mi padre, luego a mi abuela, y casi a la par se formó como auxiliar de clínica y comenzó a trabajar en una residencia de ancianos. Eso le dio un gran impulso a mi trabajo, y comprendí entonces que debía dedicar mi investigación pictórica a ellas, a todas ellas.

¿Qué has aprendido durante estos años mirando y (re)tratando a personas mayores?

He aprendido muchísimo. Son una lección de vida en sí mismas. Son experiencias vitales que me han enseñado a valorar lo que cambia con los años, pero también (y quizás sobre todo) lo que permanece. Se trata de un continuo intercambio que me ha hecho empatizar cada vez más con muchas situaciones.

No deja de sorprenderme el amor que demuestran (incluso cuando pareciera que todo el mundo les ha dado la espalda). A menudo hay una picardía en la vejez que se parece mucho a la inocencia juguetona de la niñez. Todo esto me enseña, porque es como un espejo del paso del tiempo en mi propia vida.

¿Nos podrías comentar cuál ha sido la evolución temática en las distintas series que has presentado hasta ahora?

Mi trabajo siempre ha tenido como eje central a la mujer mayor, su relación con el espacio y las manifestaciones físicas y pictóricas de su memoria e identidad. La primera serie que publiqué se tituló “Presentation”, y estaba formado por unas veinte piezas. Eran retratos de una selección de mujeres de Andalucía con las que estaba comenzando a descubrir todo un mundo. Retratos con una mirada clásica y directa.

Después seguí con “Almas de Cántaro”. Fue la serie que consolidó la investigación plástica y temática. Comienzan a aparecer los primeros semidesnudos, los rostros se desvanecen o no aparecen, coge fuerza la mujer como sujeto individual y me adentro en la memoria y la historia de cada una de ellas. Trabajo muchas sesiones con cada mujer. Mi abanico de posibilidades se abre. Comprendo que es un tema (como quizás lo sean todos) infinito. Fue un momento de análisis, organización y asentamiento de ideas.

Llega entonces el momento de “Manojo de recuerdos”. Es un proyecto que considero como un gran avance pictórico y conceptual. Profundizo cada vez más en la piel, en el desnudo, en la mujer, en la vejez, y llega uno de los giros más importantes: veo la necesidad de interrogar la memoria y la identidad a través del Alzheimer. Fui más consciente de que pinto realidades olvidadas y trabajo con personas que de otra manera pasarían desapercibidas. 

Estos proyectos significan varios años de trabajo. He tenido la fortuna de poder mostrarlos en muchos lugares del territorio nacional, y de recibir, entre otros, el XIX Premio de Artes Plásticas de Andalucía Canal Sur-El público.

Los últimos dos años he estado enfatizando incluso más los cromatismos de la piel, la fuerza estética de los últimos años de vida. Se trata de un proyecto más impactante para el espectador, y que de todos modos trata de evocar la tranquilidad, casi la dulzura del paso del tiempo. Es curioso: mucha gente se siente especialmente interpelada por esta serie. Hay quienes me han dicho que es muy fuerte, y que no pueden ver las imágenes sin un nudo en la garganta. Presenté una pequeña muestra de esta nueva etapa de mi trabajo en el último otoño, en Sevilla, y espero presentarlo en 2019 en otras ciudades. Su nombre es “Morada al sur”.

Además de los cuadros, hemos visto que pintas también murales, ¿nos podrías hablar un poco de esto?

Así es. En paralelo a mi trabajo de estudio llevo a cabo el proyecto “Perdidas en un cortijo andaluz”. Se trata de una serie de intervenciones murales que comencé en 2011 sobre paredes de cortijos abandonados y parcial o completamente derruidos. Son pinturas a gran escala en mitad del campo. Lugares que fueron habitados y que hoy día están olvidados: un testimonio en piedra de otros tiempos y otras vidas. Cortijos que han sido hogar, trabajo, cimientos de educación. Sin tejado, sin paredes y con los huecos vacíos de lo que en otro tiempo fueron ventanas.

En esas inmensas metáforas en mitad del campo pinto retratos, fragmentos de las mujeres con las que trabajo en el estudio, y que salen a exponerse, de nuevo, a las inclemencias del tiempo y a los rigores del olvido.

¿Te planteas cambiar de asunto en los próximos trabajos?

Pues es un tema muy presente en el artista, pero que no debe obsesionarlo. Pienso en el día a día y en la investigación diaria que llevo a cabo con la feminidad y la vejez; eso es lo importante. Desde luego me apoyo mucho en otras disciplinas, como el paisaje y los cuadernos de viaje, por ejemplo. Me gusta mucho registrar los cambios de luz en los campos, el modo en el que el sol cae sobre los olivares de Écija, pero hasta este momento de mi vida todos esos ríos van a desembocar en ellas.

Puedo confirmar entonces que hay piel y mujeres para rato. Estoy muy comprometida con ellas. Me levanto y me acuesto cada vez con más ganas de pintar. Me llenan de entusiasmo y de fuerza, y quiero seguir creciendo con ellas.

Para los y las interesadas en tu obra, como lo estamos nosotros ¿cómo pueden adquirir alguna de tus piezas? 

Si alguien está interesado en adquirir una pieza, puede contactar personalmente conmigo (a través de mi página web o de redes sociales) o con la Galería Espacio Olvera de Sevilla.

Autor de la foto de portada: Francisco Madrid

Fuente:Q Mayor Magazine

 

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