Sexo en la tercera edad: películas que rompen con el tabú

502
0

Es un tema prácticamente invisibilizado en la pantalla grande.

Si nuestros padres “no tuvieron sexo”, ¿qué decir de nuestros abuelos? Que lo tuvieron, igual que nuestros padres. Y hasta en una de esas lo siguen teniendo. Pero no en el cine.

El cine suele reflejar deseos y temores ocultos, y por lo visto ver a una señora y un señor post-70 haciendo el amor está más cerca de lo segundo que de lo primero. La imagen admitida es la de la abuela o el abuelo yendo de la mano de su nieto, acompañándolo a la plaza o leyéndole un cuento. Pero ¿dándose un beso? Puaj. ¿Quién dijo que no se pueden hacer las dos cosas? ¿Llevar al chico o chica a la plaza y darse un beso francés? ¿Y por qué los abuelos tienen que serlo de chicos chicos? Si el señor o la señora andan por los 80, lo más probable es que tengan nietos adolescentes, o más. O que no sean abuelos, incluso. ¿Qué obligación hay de tener 70, 80 años y ser abuelo? ¿Quién dijo, por otra parte, que lo que no existe públicamente no existe? ¿Por qué el señor y la señora no pueden besarse en casa? ¿Y ya que están, algo más? Y si lo hacen en casa, ¿por qué el cine, que tiene acceso a la intimidad, no puede mostrarlo? Por prejuicio: porque se supone que dos personas mayores no pueden hacer “eso”. Pero pueden. Incluso si el organismo se resiste a las modalidades más tradicionales.

Para trazar una historia de la sexualidad de tercera edad en el cine habría que remontarse hasta 1971, pleno auge del amor libre (decir “sexo libre” sonaba demasiado transgresor, pero en realidad se trataba de eso) y de la primera oleada de cine independiente estadounidense. En ese momento, Puaj. Ashby –un señor cuyo aspecto y luenga barba blanca se correspondían exactamente con la categoría de “viejo hippón”– presentó una película escrita por Colin Higgins, guionista británico que unos años más tarde “la rompería” con Juego sucio, que en Argentina fue un exitazo de proporciones. La película se llamaba Harold & Maude (Enséñame a vivir, título local) y tenía su filo. El protagonista, Harold, era un muchacho de 20, solitario, sin amigos y definitivamente dark (el personaje anticipa en más de una década el movimiento de ese nombre), que estaba obsesionado con la muerte y el suicidio. En un entierro conoce a Maude, que tiene 80, y se fascina con su vitalidad, rebeldía y “juventud”, convirtiéndose ambos en una suerte de pareja… sin sexo. Haber pasado esa raya hubiera tenido, en la época, el efecto de mil bombas de plutonio. Y nadie estaba dispuesto a una conflagración semejante.

Tres años más tarde, uno de los transgresores por excelencia del cine contemporáneo, Rainer W. Fassbinder, también unió a una mujer de 60 y pico con un inmigrante marroquí de 25, en La angustia corroe el alma. Aunque Fassbinder no tenía problemas en poner el sexo en escena, otra vez se repite la relación “exclusivamente” romántica entre los protagonistas. Romántica y de identificaciones mutuas. En la Alemania del “milagro”, que para Fassbinder es algo así como un milagro inverso, el morocho Alí y su compañera Emmi son dos marginales: él por ser inmigrante de un país pobre, ella por no cumplir con la regla social que impone casamiento para todos. Ambos son el único consuelo del otro, en medio de un ambiente hostil, prejuicioso y vigilante. Pero el consuelo del sexo no aparece.

De allí hasta la película que finalmente rompió el tabú hay que pegar un salto de… ¡34 años! 2008, nuevamente Alemania, Andreas Emmi, director caracterizado por películas muy frescas y vitales. Ésta también lo es. El título original se traduce como “Nube 9”, expresión que alude a algo así como “estar en la gloria”. Título local: Nunca es tarde para amar. El tabú se rompe a varias manos: la protagonista, una costurera de 60 y pico de años, inicia un affaire con un cliente de 70. Pero ella además es casada. Felizmente casada, y con una hija mayor. La película empieza con la escena en que Inge pide a Werner que se baje los pantalones, y de allí, ¡pum! Ambos se trenzan, iniciando su relación de amantes. Hasta determinado momento no hay en ellos culpa, sufrimiento o conflicto. El sexo es pleno y placentero, y hasta la hija de Inge la felicita. Lo cual es mucho más insólito que el sexo de tercera edad. Otro cliché dramático que Andreas Emmi no se permite, es hacer de Inge una esposa insatisfecha, o de su marido un macho vil. Para nada. Aunque sí es verdad que tanta felicidad no dura toda la película. Aun así, Nunca es tarde para amar es, hasta hoy mismo, la película que más resueltamente celebra el sexo mayorcito.

Tres años atrás, Charlotte Rampling, la de ojos color de cielo, apareció en una película llamada 45 años, donde vive en medio de la mayor calma rural junto a su marido, el veterano Tom Courtenay (Doctor Zhivago, El vestidor). Ambos son académicos, ambos están retirados, no tienen otra urgencia que preparar la fiesta de 45 años de bodas. Hay, sin embargo, un dato que se va abriendo camino entre ambos y que agrietará esa relación tan consolidada. Hay una escena “de cama” entre ambos, que fue promocionada como shockeante y no lo es en absoluto. En primer lugar, se lleva a cabo con la luz apagada, por lo cual a ambos se los ve apenas entre sombras. Pero además, por la dificultad para consumar, es más una escena de comedia que de sexo. Lo que sí es muy bonito es la pervivencia del amor y el cariño entre ambos, después de casi medio siglo de convivencia. Aunque esos sentimientos (que corren más de ella hacia él) se van a ver bruscamente subvertidos.

Hay dos películas que presentan sexo de alquiler, en ambos casos contratado por mujeres de vacaciones. Turismo sexual, en una palabra. Curiosamente, Charlotte Rampling aparece en una de ellas (Bienvenidas al paraíso, 2005) y la otra es de origen austríaco (Paraíso: amor, 2012). Notar en ambas la asociación entre trópico, sexo joven y paraíso. La primera transcurre en Haití en los años 80, tiempos del terrible régimen de Papa Doc. La segunda, en Kenia en la actualidad. Los realizadores se empeñan en que las protagonistas la pasen mal. En Bienvenidas al paraíso, por su desubicación y alienación, buscando cuerpos flexibles en tiempos en que los cuerpos de los pobladores haitianos son maltratados. En Paraíso: amor la solitaria protagonista se aficiona demasiado a un “proveedor” y esto la sumirá en la tristeza.

Una película argentina reciente (La cama, 2018) presenta largas escenas en las que un matrimonio de entre 50 y 60 años intenta consumar, como despedida de la casa en la que vivieron una gran cantidad de tiempo. No lo logran, porque esa despedida es también de la propia pareja y la melancolía los gana. Aquí sí los cuerpos se muestran sin pudores y con crudeza, aunque no en un marco de felicidad. Máxima crudeza es la de otra película argentina, un documental esta vez, llamado Mujer nómade, que unos días atrás podía verse todavía en la sala del cine Gaumont. Se trata de algo así como un retrato en pedazos de la filósofa, docente y escritora Esther Díaz, que años atrás rompió con la vida íntima que llevaba (marido, hijxs) para convertirse en maratonista del sexo. Díaz proporciona la cuenta: 500 amantes jóvenes al día de hoy. Y copula en cámara con uno de ellos. Podría pensarse que se trata en una forma puramente mecánica de la fornicación, pero lo cierto es que a los 70 y pico de años esta mecánica hace feliz a la autora.

En conclusión, el cine sigue en deuda con el sexo de tercera edad. Es llamativo, ya que esta forma artística parece haber superado todas las barreras. Sin embargo, la escena en la que dos personas con sus pieles algo cuarteadas se dan placer en una cama, sigue siendo todavía como viajar a Marte.

*Por Víctor Garmendia  

Fuente:Clarín

DÉJANOS UN COMENTARIO

avatar
  Suscríbete  
Notifícame de