Sobre sexualidad y vejez

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Simone de Beauvoir

Ni en la literatura ni en la vida he encontrado ninguna mujer que considerara su vejez con complacencia. Tampoco se habla jamás de una “hermosa anciana”; en el mejor de los casos se la califica de “encantadora”.[1]

En cambio, se admira a ciertos “viejos hermosos”; el varón no es una presa; no se le pide ni frescura, ni dulzura, ni gracia, sino la fuerza y la inteligencia del sujeto conquistador; el pelo blanco, las arrugas no contradicen este ideal viril.

Como se puede imaginar a priori, dada la diferencia de su destino biológico y de su estatuto social, el caso de los hombres es muy  diferente del de las mujeres. Biológicamente, los hombres están en mayor desventaja; socialmente, la condición de objeto erótico desfavorece a las mujeres

El comportamiento de unos y otros es poco conocido. Ha sido objeto de cierto número de encuestas que han servido de base a estadísticas. El valor de las respuestas obtenidas por los encuestadores es siempre discutible. Y en este terreno la noción de término medio no tiene mucho sentido. Sin embargo, indico en un apéndice las que he consultado y de las cuales he retenido algunas indicaciones.

Biológicamente, la sexualidad de la mujer se ve menos afectada por la vejez que la del hombre. Es lo que observa Brantome en el capítulo de la Vie des dames galantes que dedica a “Algunas señoras viejas a quienes les gusta tanto hacer el amor como a las jóvenes”. Mientras que el hombre a cierta edad ya no es capaz de erección, la mujer “a cualquier edad que sea recibe en sí como un horno todo fuego y toda materia”. Una larga tradición popular subraya ese contraste. En uno de los cantos de las Alegres musas de Caledonia, [2] una mujer de edad se queja de la impotencia de su viejo marido; añora “los locos abrazos de sus años juveniles” que ya no son más que un pálido recuerdo, pues en la cama él no piensa más que en dormir mientras que ella se consume en deseo.

El comportamiento de unos y otros es poco conocido. Ha sido objeto de cierto número de encuestas que han servido de base a estadísticas. El valor de las respuestas obtenidas por los encuestadores es siempre discutible. Y en este terreno la noción de término medio no tiene mucho sentido. Sin embargo, indico en un apéndice las que he consultado y de las cuales he retenido algunas indicaciones.

Biológicamente, la sexualidad de la mujer se ve menos afectada por la vejez que la del hombre. Es lo que observa Brantome en el capítulo de la Vie des dames galantes que dedica a “Algunas señoras viejas a quienes les gusta tanto hacer el amor como a las jóvenes”. Mientras que el hombre a cierta edad ya no es capaz de erección, la mujer “a cualquier edad que sea recibe en sí como un horno todo fuego y toda materia”. Una larga tradición popular subraya ese contraste. En uno de los cantos de las Alegres musas de Caledonia, [2] una mujer de edad se queja de la impotencia de su viejo marido; añora “los locos abrazos de sus años juveniles” que ya no son más que un pálido recuerdo, pues en la cama él no piensa más que en dormir mientras que ella se consume en deseo.

La ciencia de hoy confirma la validez de esas indicaciones. Según Kinsey, a lo largo de toda la vida hay mayor estabilidad sexual en la mujer que en el hombre; a los 60 años, sus posibilidades de deseo, de placer, son las mismas que a los 30. Según Masters y Johnson, la intensidad de la respuesta sexual disminuye con la edad; sin embargo, la mujer sigue siendo capaz de llegar al orgasmo, sobre todo si es objeto de un estímulo sexual eficaz y regular. Entre las que no tienen relaciones físicas frecuentes, el coito provoca a veces dolores –durante o más tarde-, así como fenómenos de dispareunia y disuria; no se sabe si el origen de esos trastornos es físico o psicológico. Añado que a la mujer puede gustarle hacer el amor aunque no llegue al orgasmo: los “placeres preliminares” cuentan para ella quizá más todavía que para los hombres. Es normalmente menos sensible que el hombre a la apariencia de su pareja y en consecuencia menos afectada por su envejecimiento. Aunque su papel en el amor no sea tan pasivo como se ha pretendido, no tiene por qué temer un fracaso. Puede cumplir actividades sexuales hasta sus últimos días.

Sin embargo, todas las encuestas muestran que sus actividades son de hecho mucho menos numerosas que las de los hombres. A los 50 años, según Kinsey, 97% de los hombres tienen todavía una vida sexual y sólo 93% de las mujeres; a los 60 años, 94% de los hombres y sólo 80% de las mujeres. Es que socialmente el hombre, a toda edad, es sujeto, y la mujer un objeto, un ser relativo. Casada, su destino es ordenado por el de su marido; éste tiene término medio cuatro años más que ella y en él el deseo decrece. O, si subsiste, se dirige a mujeres más jóvenes. Sin embargo, a la mujer de edad le es muy difícil tener parejas extramaritales. Gusta todavía menos a los hombres que el hombre viejo a las mujeres. En su caso, la gerontofilia no existe.

Un hombre joven puede desear a una mujer lo bastante grande como para ser su madre, pero no su abuela. A los ojos de todos, una mujer de 70 años ha cesado de ser un objeto erótico. Los amores venales le son muy difíciles; es muy excepcional que una mujer vieja tenga los medios y la ocasión de pagarse un hombre y en general la vergüenza, el temor del qué dirán, la disuaden. Para muchas mujeres de edad, esta frustración es penosa porque siguen atormentadas por sus deseos. Por lo común los apaciguan masturbándose. Una ginecóloga me citó el caso de una mujer de 70 años que le suplicaba que la curara de esa práctica a la que se entregaba noche y día.

Andrée Martinerie, interrogando a mujeres de edad, ha recogido confidencias interesantes.[3] La Sra. F., gran burguesa de 68 años, católica militante, con cinco hijos y diez nietos, le dijo: “Yo tenía ya 64 años… Bueno, pues escuche: cuatro meses después de la muerte de mi marido bajé a la calle como quien se suicida, decidida a entregarme al primer hombre que me quisiera. Nadie quiso. Entonces volví”. A la pregunta: “¿Ha pensado usted en volver a casarse?” respondió: “No pienso más que en eso. Si me atreviera, pondría un aviso en Le Chasseur francais… ¡Antes un hombre lleno de achaques que ninguno!”

A los 60 años, junto a un marido inválido, la Sra. R. dice, a propósito del deseo: “Es cierto que eso no pasa”. A veces tienen ganas de dar con la cabeza contra la pared. Una lectora de esta encuesta escribe a la revista: “Me veo obligada a comprobar que a pesar de la edad la mujer sigue siendo mujer durante mucho tiempo. Hablo con conocimiento de causa porque tengo 71 años. Me quedé viuda a los 60 años, la muerte de mi marido fue brutal, tardé dos años en superarla. Después contesté a los anuncios matrimoniales. Lo reconozco, me ha faltado un hombre, qué digo, me falta; es aterradora la vida sin un objetivo, sin afecto, sin poder expansionarse. Su encuesta me ha aliviado…” La corresponsal escribe púdicamente “afecto”, “expansionarse”. Pero el contexto indica que su frustración tiene una dimensión sexual. [4]

La idea de que en las mujeres los impulsos sexuales persisten largo tiempo es confirmada por las observaciones que se pueden hacer en las homosexuales. Algunas conservan actividades eróticas hasta después de los 80 años. Eso prueba que las mujeres siguen siendo capaces de desear mucho tiempo después de haber dejado de ser deseables a los ojos de los hombres.

Es decir, que la mujer sufre hasta el fin su condición de objeto erótico. La castidad no le es impuesta por un destino fisiológico sino por su condición de ser relativo. Sin embargo, ocurre que ella misma se condena a la castidad a causa de esas “barreras psíquicas” de que he hablado y cuyo papel es todavía más apremiante para la mujer que para el hombre. Por lo general es más narcisista que él en el amor; en ella el narcisismo apunta al cuerpo entero; a través de las caricias y la mirada de su pareja toma deliciosamente conciencia de su cuerpo como deseable. Si él sigue deseándola, ella se adaptará con indulgencia a su marchitez. Pero al primer signo de frialdad, sentirá amargamente su decadencia, se asqueará de su imagen y ya no soportará exponerse a los ojos de otro. Esta timidez reforzará el temor a la opinión: la sabe severa con las mujeres de edad que ya no representan su papel de abuela serena y desencarnada. Aunque su marido la solicite todavía, una preocupación de decencia profundamente interiorizada puede llevarla a hurtarse.

Las mujeres tienen menos recursos que los hombres a las diversiones. Aquellas cuya vida erótica ha sido muy activa y muy libre compensan a veces su abstinencia con la crudeza de su vocabulario, la obscenidad de sus palabras. Desempeñan más o menos el papel de alcahuetas o por lo menos espían con una curiosidad maniática la vida sexual de las mujeres jóvenes que las rodean, solicitan confidencias. Pero en general la represión se extiende también al lenguaje. La mujer de edad se quiere decente en sus conversaciones como en su conducta. La sexualidad ya no se traduce más que en su manera de vestirse, de arreglarse, en su gusto por la presencia masculina. No se niega a tener relaciones de discreta coquetería con hombres más jóvenes que ella; es sensible a las atenciones que demuestran que para ellos sigue siendo una mujer.

Sin embargo, también entre las mujeres la patología pone de manifiesto que los impulsos sexuales están reprimidos pero no apagados. Los alienistas han observado que en los asilos, el erotismo de los sujetos femeninos suele aumentar con la edad. La demencia senil produce delirios eróticos, resultantes de una falta de control cerebral. En otras psicosis se produce también una liberación de los impulsos. En 110 mujeres de más de 60 años pensionistas de un asilo, el doctor Georges Mahé señaló 20 casos de erotismo agudo: masturbación en público, mímica del coito, palabras obscenas, exhibicionismo. Desgraciadamente, no indica el sentido de estas manifestaciones, no las ubica en un contexto, no sabemos quiénes son las enfermas que se entregan a ellas. Muchas internadas tienen alucinaciones genitales: violaciones, contactos. Hay mujeres que se creen embarazadas a más de 71 años. La Sra. C., de 70 años, abuela, canta canciones de soldados, se pasea en el hospital semidesnuda buscando hombres.

El erotismo está en el centro de numerosos delirios (o es pretexto de depresiones melancólicas. E. Gehu habla de una abuela de 83 años alojada en una casa atendida por religiosas. Hacía ostentación de tendencias tanto homosexuales como heterosexuales. Atacaba a las monjas jóvenes que le llevaban la comida. Durante esas crisis estaba lúcida. Después tuvo una confusión mental. Terminó por recobrar la lucidez y una conducta normal. También sobre este caso serían de desear más detalles.

Todas las observaciones que acabo de transmitir son muy insuficientes, e indican que las mujeres de edad no están más “purificadas de sus cuerpos” que los hombres.

Ni la historia ni la literatura nos han dejado testimonio valedero sobre la sexualidad de las mujeres de edad. El tema es todavía más tabú que la sexualidad de los viejos del sexo masculino.

Notas:
[1] El tema poético “a una hermosa vieja”, explotado a menudo en diferentes siglos y diferentes países, es el de una mujer que ha sido hermosa y ha dejado de serlo con la vejez. Sólo conozco una excepción: la “Oda a una hermosa vieja”, de Maynard.
[2] Cantos populares escoceses recogidos en el siglo XVIII.
[3] Citadas en Elle, de marzo de 1969.
[4] Una reacción típica es la de una mujer joven que escribe a Elle: “En un grupo de jóvenes nos hemos reído en grande de la ardiente viuda militante de la Acción Católica para la cual ‘el deseo no pasa’… ¿No podrían ustedes hacer próximamente una encuesta sobre el amor y la cuarta edad de la mujer, es decir las que tienen entre 80 y 120 años?” Los jóvenes se escandalizan si las personas de edad, y sobre todo las mujeres, tienen todavía una vida sexual.”
Fuente: Extractos del libro de Simone de Beauvoir La Vieillesse (La vejez), publicado en 1970.

Fuente: El viejo topo

 

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