“Un segundo detrás de otro”(Reflexión sobre la juventud, la vejez y el paso del tiempo)

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Por Juan Carlos Ortega

Cuando uno es muy joven, se imagina el tiempo dividido por muros muy anchos. No quiero ponerme literario, así que intentaré explicarlo sin recurrir a demasiadas metáforas. Todos los niños, al ver a una persona muy mayor, suponen que su juventud está en otro tiempo distinto a éste. No imaginan los años mozos del anciano en el pasado de este tiempo, sino directamente en otro distinto. Suponen, inconscientemente, que existe una pared que separa la juventud de la madurez, y otra que separa a ésta de la vejez. Y así, gracias a esas paredes imaginarias que dividen tiempos, los niños se sienten protegidos de la muerte.

Me pasaba a mí, y eso me hace pensar que a todos les ha ocurrido igual. Cuando mi abuelo me hablaba de su infancia, lo veía a él borroso, porque mi imaginación tenía que atravesar todas esas paredes, y en cada una de ellas se iba perdiendo algo de nitidez. Más que paredes, eran murallas, y resultaban ser un gran invento para disfrutar de la vida creyéndola interminable.

A ningún niño se le ocurre pensar que su abuelo ha llegado a la vejez sumando un segundo tras otro, que entre su niñez y su arrugado estado actual hay una continuidad, un finísimo goteo. Lo que cree cualquier crío es que ese anciano ha llegado a la edad que tiene atravesando con mucho esfuerzo esas murallas que separan el tiempo, pero ni por asomo supone que la infancia de su abuelo solo está unos cuantos miles de segundos atrás.

Pero su abuelo piensa otra cosa, claro está. Para él, su piel fina está a la vuelta de la esquina. Más cerca aún, ni siquiera tras la esquina; está de hecho en la misma calle, solo unos números más atrás. Desde sus muchos años sabe que el tiempo es un continuo sobre el que uno se desliza muy deprisa, que no hay murallas, ni paredes, solo un segundo tras otro y tras otro y tras otro y ya está.

Hacerse mayor implica dejar de ver esas paredes y ser consciente de que el tiempo es la suma de un momentito y otro momentito y otro más.

Hace 2.600 años que se construyó la Gran Pirámide de Keops. Eso nos parece mucho tiempo. ¿Otro tiempo, verdad, separado del nuestro por murallas? Pues no. Es el mismo tiempo, este que respiramos ahora. Esos 2.600 años son 82.000 millones de segundos pegaditos unos a los otros. Uno tras otro, tras otro, gota a gota, respiración a respiración. Reste un segundo a la hora actual que marca su reloj, y luego reste otro; hágalo 82.000 millones de veces y ahí estarán los antiguos egipcios poniendo piedras.

No hay otros tiempos, ni otras épocas. Solo tenemos este, y patinamos en él como en el hielo, a la misma velocidad y con el mismo poquísimo equilibrio. Disfrute usted de sus segundos, querido lector, porque solamente hay segundos.

Fuente:El Periódico

https://www.elperiodico.com/es/opinion/20190202/un-segundo-detras-de-otro-por-juan-carlos-ortega-7279577

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